jueves, 9 de junio de 2016

Cuento- El joven Dimitri



La habitación estaba casi completamente a oscuras. No había ninguna ventana que permitiera entrar la luz natural del cielo. No se percibía alguna diferencia entre el día o la noche; por la falta de alguna pista de la situación, el joven Dimitri asumió que el reloj pasaba las 6:00pm. Dimitri acababa de despertar muy confundido. La cama donde se encontraba era bastante vieja, lo supo al ver que algunos de los resortes atravesaban el colchón. Al detallar mejor su entorno, sobresalió a su vista una pequeña flama que se extinguía, proveniente de la esquina del cuarto. Era una vela consumiéndose, ya acercándose al término de su vida útil. Concluyó que había dormido allí, al notar una gran cantidad de cera desparramada sobre el piso donde yacía la vela.

-¿Dónde están mis lentes?- Se preguntó el chico, quién debido a su pésima vista, tenía que utilizarlos siempre. Su deteriorada visión lo obligaba desde chico a valerse de sus gafas para realizar cualquier actividad. Tomó la decisión de agarrar la vela y recorrer la pequeña habitación de cinco metros cuadrados en búsqueda de sus lentes.

La pequeña búsqueda terminó en vano. No hubo rastro de los anteojos en la habitación. Su única fuente de luz se estaba agotando y la desorientación del joven cada vez era mayor. Daba vueltas caminando entre el espacio que había de la cama a la pared, tratando de pensar en una solución.
-Tengo que hacer algo-. Pensó el joven. Se armó de valentía y se acercó al picaporte de la puerta, no tenía otra opción. Detrás de la puerta podía haber infinidades de cosas. El misterio del asunto casi hace retroceder a Dimitri en su decisión. – ¿Hay alguien afuera?, ¿alguien que me escuche?-. Exclamó el chico, con un alto y fuerte tono de voz que caracterizaba su nacionalidad rusa, pero no hubo respuesta alguna.

Decidido a hacer algo, abrió la puerta. No hubo mayor sorpresa, solo un largo pasillo. Dio dos pasos al frente y se agachó, ya que se percató que el marco de la puerta rozaba su abundante afro. Dimitri era de gran estatura y podía tocar el techo solo con levantar sus brazos. La desorientación se mantenía, sus grandes pies se movían con bastante dificultad; la combinación de oscuridad y la falta de sus lentes aún eran un gran problema.

 -“Un salvavidas…dos…tres…”- Pudo contar tres salvavidas antes de encontrarse frente a unas angostas escaleras que iban en subida. La lógica le decía que se encontraba en alguna especie de embarcación, a pesar de que no escuchaba ningún sonido de oleaje que indicara mar cerca, o algún movimiento que confirmara su suposición.

Siguió caminando por los estrechos y largos pasillos, pero el sentimiento de impaciencia e incertidumbre crecía fuertemente en su interior. – ¡No entiendo nada!- Gritó el joven ruso. Esperanzado, preguntó por última vez – ¿Hay alguien aquí?-, pero seguía sin obtener respuesta. Ya alterándose, Dimitri decidió subir las angostas escaleras que había observado anteriormente. La vela se agotaba y los nervios se apoderaban de él. – ¿Qué haré cuando se acabe la vela?- Se preguntaba.
Devastado, dirigió la mirada hacia la última puerta del pasillo. Al hacerlo le pareció ver la imagen de una persona caminando – ¡Hey, disculpe!- Dijo Dimitri con alegría. – Gracias a Dios, ¿acaso no ha escuchado mis gritos?-. No obtuvo respuesta alguna. Por lo que supuso que fue solo una sombra.
Su anhelo de encontrar respuestas sobre dónde y por qué estaba allí despertaba de nuevo sus esperanzas. Se le ocurrió entrar a una de las habitaciones. Mientras se dirigía a la puerta, la vela que traía consigo terminó de apagarse. –Ahora sí que estoy perdido- pensó Dimitri.

Sin rendirse aún, colocó los restos de cera de la vela en el suelo y comenzó a tocar las paredes buscando el picaporte de la puerta. Logró conseguirlo; todo se encontraba completamente a oscuras, lo que incrementaba su timidez. Empezó a dar pequeños y ligeros pasos, a la expectativa de cualquier suceso. Mientras caminaba, tropezó con un objeto que estaba en el suelo.

De pronto, escuchó una voz suave y femenina que le dijo: -“Es una linterna, no la tomes. Sujeta mi mano, yo te guiaré”-. Le pareció extraño su consejo en vista de la situación. -Una linterna sería una mejor ayuda que estar agarrado de tu mano- expresó el chico. –Además, ¿cómo puedo confiar en alguien que no conozco y que ni siquiera puedo ver?- añadió con un tono irónico. –Sólo confía en mí-, replicó la misteriosa voz. Extrañado, decidió seguir la corriente y aceptar la ayuda. Aunque de igual forma tomó la linterna y la guardó en su bolsillo derecho. -¿Tienes un nombre, al menos?- preguntó Dimitri. –Me llamo Katia- contestó casi al mismo tiempo en el que él pronunciaba la última palabra.

Hubo mucho silencio durante un largo rato, solo la respiración y los pasos de ambos coincidían. El silencio finalmente fue interrumpido por un sonido que provenía del estomago de Katia. –Tú no hablarás mucho, pero tu estomago lo hace por ti-, expresó Dimitri en tono burlesco. A Katia no le pareció tan gracioso el comentario, pues realmente estaba muriendo de hambre. -Un barco tan grande debe tener una cocina aún más grande- reflexionaba el chico. La eterna caminata ya lo estaba fastidiando, y el hambre ahora también empezaba atacar a ambos. La sinfonía de los rugidos estomacales parecían ahora ser los nuevos pedidos de ayuda.

Repentinamente escuchó un ruido, pero esta vez no eran sus estómagos. Era el sonido de unas ollas cayéndose. Rápidamente sacó su linterna y corrió a la habitación de donde provenía el ruido y apenas ingresó, el olor a asado se apoderaba de su nariz. Era la cocina del barco. Dimitri se dejó llevar por su inmensa hambre y comenzó a hurgar un par de ollas en busca de comida pero, sorprendentemente, no había nada.

Minutos después de mostrarse decepcionado por no encontrar nada para comer, empezó a sentir calor, como si a sus espaldas se encontrara una fogata. – ¡Vámonos de aquí, ahora!- gritó Katia desde el otro extremo de la cocina.

Mientras ella intentaba guiarlo a la salida, Dimitri escuchó una voz masculina que decía –¿A dónde vas?-. Dimitri, se detuvo; no tardó en darse cuenta de que ¡había un niño allí! Un niño no mayor de los 10 años de edad que, al igual que a Katia, no lograba distinguirle el rostro. Aunque estaba muy confundido, Dimitri solo se preocupó por sacar al niño de la cocina. -¡Ey niño!, ¿qué haces ahí?- Le dijo el joven ruso. A lo que el niño no respondió. – ¡Debes salir de aquí o te quemaras!- Grito Dimitri. Cuando de pronto el niño grito eufóricamente – ¡Yo no saldré de aquí!
Esa última frase exclamada por el niño hizo que un miedo extraño sucumbiera en el interior de Dimitri. Katia haló del brazo al joven ruso sin permitirle quedarse un segundo más en la cocina. 

Ambos corrieron por los largos pasillos del barco, llegando hacia unas nuevas escaleras que iban en subida. –Se ha quemado todo- Exclamó el joven ruso mientras veía a Katia. Luego de salir de la cocina completamente en llamas, Katia sugirió que debían llegar a la torre de mando del barco, allí se le ocurrió que podría conseguir algunas coordenadas de donde se encontraban y ambos podrían pedir ayuda.

-Debemos ir al último piso, es el único que no hemos visitado. Allí se debe encontrar la torre de mando-. Dimitri asintió y se dirigieron hacia allí. El camino se hizo bastante difícil debido a que el humo de la cocina quemándose les afectó la respiración. Dimitri todavía seguía agarrando la mano de Katia. Se podía presenciar la rabia que era emanada por aquel joven ruso al querer regresar a la cocina y salvar al pequeño niño. Katia solo lo empujaba para que subiera las escaleras.

Cuando de repente empiezan a escucharse un fuerte oleaje en el exterior, acompañadas por unos gritos provenientes de los pisos inferiores. Dimitri no duro mucho tiempo en percatarse de que esa voz era similar a la del extraño niño de la cocina. Katia, para calmarlo le dice al joven ruso: -Debemos continuar-.

Siguieron subiendo las escaleras, y para su suerte, se encontraron con  la estación de mando del barco. Al entrar, Dimitri utilizó su linterna y alumbró la mesa donde se encontraban los instrumentos de navegación. –Ninguno funciona- Enfatizó el joven. Katia lo llamó al otro lado de la cabina de mando. –Dimitri, debes ver esto-. Una gran ventana daba vista a la proa del barco. –Allí está nuestra salvación-. Un bote auxiliar se balanceaba mientras el fuerte oleaje crecía. –No está muy lejos. Tenemos que salir de aquí-
Dimitri rompió la ventana dándole un fuerte golpe con la linterna. –Hay que atravesar el barco por fuera. Agárrate de las barandas-. Katia llegó de primera. y le aseguró a Dimitri que no debía temer nada. Las olas era cada vez más fuertes.

Dimitri repitió el procedimiento de su compañera y logró también llegar a la embarcación auxiliar. Al llegar de último, debió soltar las amarras, liberando así el bote de salvamento.

El bote cayó al agua y causó una gran salpicadura. Las grandes olas, debido a la marea, indicaron que era una gran tormenta. Una gran ola se acercó y volteó su bote…

Ahora todo estaba muy brillante. La luz del sol traspasaba la ventana de una habitación muy clara. Dimitri abrió sus ojos, lo primero que observo fue un techo marrón. Se encontraba acostado de nuevo en una cama. - ¿Qué ha pasado aquí?- se preguntaba.

Volteó a su derecha y observo una pequeña mesita de noche donde estaban sus indispensables lentes; se los colocó. Tenía puesto una bata de hospital, y se encontraba esposado a su cama. Un gran letrero sobresalía a su visión. Decía “Pabellón de Psiquiatría."

Las cortinas de la habitación del hospital se corrieron y se abrieron completamente. Una enfermera entraba, completamente vestida de blanca y con una bandeja. –Es hora de su medicina, señor Dimitri-. “Esquizofrenia”, así rezaba la etiqueta bordada a la bata de Dimitri.

Juan Rodríguez

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