La habitación estaba casi completamente a oscuras. No
había ninguna ventana que permitiera entrar la luz natural del cielo. No se
percibía alguna diferencia entre el día o la noche; por la falta de alguna
pista de la situación, el joven Dimitri asumió que el reloj pasaba las 6:00pm. Dimitri
acababa de despertar muy confundido. La cama donde se encontraba era bastante
vieja, lo supo al ver que algunos de los resortes atravesaban el colchón. Al
detallar mejor su entorno, sobresalió a su vista una pequeña flama que se
extinguía, proveniente de la esquina del cuarto. Era una vela consumiéndose, ya
acercándose al término de su vida útil. Concluyó que había dormido allí, al
notar una gran cantidad de cera desparramada sobre el piso donde yacía la vela.
-¿Dónde están mis lentes?- Se preguntó el chico, quién
debido a su pésima vista, tenía que utilizarlos siempre. Su deteriorada visión
lo obligaba desde chico a valerse de sus gafas para realizar cualquier
actividad. Tomó la decisión de agarrar la vela y recorrer la pequeña habitación
de cinco metros cuadrados en búsqueda de sus lentes.
La pequeña búsqueda terminó en vano. No hubo rastro de
los anteojos en la habitación. Su única fuente de luz se estaba agotando y la
desorientación del joven cada vez era mayor. Daba vueltas caminando entre el
espacio que había de la cama a la pared, tratando de pensar en una solución.
-Tengo que hacer algo-. Pensó el joven. Se armó de
valentía y se acercó al picaporte de la puerta, no tenía otra opción. Detrás de
la puerta podía haber infinidades de cosas. El misterio del asunto casi hace
retroceder a Dimitri en su decisión. – ¿Hay alguien afuera?, ¿alguien que me
escuche?-. Exclamó el chico, con un alto y fuerte tono de voz que caracterizaba
su nacionalidad rusa, pero no hubo respuesta alguna.
Decidido a hacer algo, abrió la puerta. No hubo mayor
sorpresa, solo un largo pasillo. Dio dos pasos al frente y se agachó, ya que se
percató que el marco de la puerta rozaba su abundante afro. Dimitri era de gran
estatura y podía tocar el techo solo con levantar sus brazos. La desorientación
se mantenía, sus grandes pies se movían con bastante dificultad; la combinación
de oscuridad y la falta de sus lentes aún eran un gran problema.
-“Un
salvavidas…dos…tres…”- Pudo contar tres salvavidas antes de encontrarse frente
a unas angostas escaleras que iban en subida. La lógica le decía que se
encontraba en alguna especie de embarcación, a pesar de que no escuchaba ningún
sonido de oleaje que indicara mar cerca, o algún movimiento que confirmara su
suposición.
Siguió caminando por los estrechos y largos pasillos,
pero el sentimiento de impaciencia e incertidumbre crecía fuertemente en su
interior. – ¡No entiendo nada!- Gritó el joven ruso. Esperanzado, preguntó por
última vez – ¿Hay alguien aquí?-, pero seguía sin obtener respuesta. Ya
alterándose, Dimitri decidió subir las angostas escaleras que había observado
anteriormente. La vela se agotaba y los nervios se apoderaban de él. – ¿Qué
haré cuando se acabe la vela?- Se preguntaba.
Devastado, dirigió la mirada hacia la última puerta del
pasillo. Al hacerlo le pareció ver la imagen de una persona caminando – ¡Hey,
disculpe!- Dijo Dimitri con alegría. – Gracias a Dios, ¿acaso no ha escuchado
mis gritos?-. No obtuvo respuesta alguna. Por lo que supuso que fue solo una
sombra.
Su anhelo de encontrar respuestas sobre dónde y por qué
estaba allí despertaba de nuevo sus esperanzas. Se le ocurrió entrar a una de
las habitaciones. Mientras se dirigía a la puerta, la vela que traía consigo terminó
de apagarse. –Ahora sí que estoy perdido- pensó Dimitri.
Sin rendirse aún, colocó los restos de cera de la vela en
el suelo y comenzó a tocar las paredes buscando el picaporte de la puerta. Logró
conseguirlo; todo se encontraba completamente a oscuras, lo que incrementaba su
timidez. Empezó a dar pequeños y ligeros pasos, a la expectativa de cualquier
suceso. Mientras caminaba, tropezó con un objeto que estaba en el suelo.
De pronto, escuchó una voz suave y femenina que le dijo:
-“Es una linterna, no la tomes. Sujeta mi mano, yo te guiaré”-. Le pareció
extraño su consejo en vista de la situación. -Una linterna sería una mejor
ayuda que estar agarrado de tu mano- expresó el chico. –Además, ¿cómo puedo
confiar en alguien que no conozco y que ni siquiera puedo ver?- añadió con un
tono irónico. –Sólo confía en mí-, replicó la misteriosa voz. Extrañado,
decidió seguir la corriente y aceptar la ayuda. Aunque de igual forma tomó la
linterna y la guardó en su bolsillo derecho. -¿Tienes un nombre, al menos?-
preguntó Dimitri. –Me llamo Katia- contestó casi al mismo tiempo en el que él
pronunciaba la última palabra.
Hubo mucho silencio durante un largo rato, solo la
respiración y los pasos de ambos coincidían. El silencio finalmente fue interrumpido
por un sonido que provenía del estomago de Katia. –Tú no hablarás mucho, pero
tu estomago lo hace por ti-, expresó Dimitri en tono burlesco. A Katia no le
pareció tan gracioso el comentario, pues realmente estaba muriendo de hambre. -Un
barco tan grande debe tener una cocina aún más grande- reflexionaba el chico. La
eterna caminata ya lo estaba fastidiando, y el hambre ahora también empezaba
atacar a ambos. La sinfonía de los rugidos estomacales parecían ahora ser los
nuevos pedidos de ayuda.
Repentinamente escuchó un ruido, pero esta vez no eran
sus estómagos. Era el sonido de unas ollas cayéndose. Rápidamente sacó su
linterna y corrió a la habitación de donde provenía el ruido y apenas ingresó,
el olor a asado se apoderaba de su nariz. Era la cocina del barco. Dimitri se
dejó llevar por su inmensa hambre y comenzó a hurgar un par de ollas en busca
de comida pero, sorprendentemente, no había nada.
Minutos después de mostrarse decepcionado por no
encontrar nada para comer, empezó a sentir calor, como si a sus espaldas se
encontrara una fogata. – ¡Vámonos de aquí, ahora!- gritó Katia desde el otro
extremo de la cocina.
Mientras ella intentaba guiarlo a la salida, Dimitri escuchó
una voz masculina que decía –¿A dónde vas?-. Dimitri, se detuvo; no tardó en
darse cuenta de que ¡había un niño allí! Un niño no mayor de los 10 años de
edad que, al igual que a Katia, no lograba distinguirle el rostro. Aunque
estaba muy confundido, Dimitri solo se preocupó por sacar al niño de la cocina.
-¡Ey niño!, ¿qué haces ahí?- Le dijo el joven ruso. A lo que el niño no
respondió. – ¡Debes salir de aquí o te quemaras!- Grito Dimitri. Cuando de
pronto el niño grito eufóricamente – ¡Yo no saldré de aquí!
Esa última frase
exclamada por el niño hizo que un miedo extraño sucumbiera en el interior de Dimitri.
Katia haló del brazo al joven ruso sin permitirle quedarse un segundo más en la
cocina.
Ambos corrieron por los largos pasillos del barco, llegando hacia unas
nuevas escaleras que iban en subida. –Se ha quemado todo- Exclamó el joven ruso
mientras veía a Katia. Luego de salir de la cocina completamente en llamas,
Katia sugirió que debían llegar a la torre de mando del barco, allí se le
ocurrió que podría conseguir algunas coordenadas de donde se encontraban y
ambos podrían pedir ayuda.
-Debemos ir al
último piso, es el único que no hemos visitado. Allí se debe encontrar la torre
de mando-. Dimitri asintió y se dirigieron hacia allí. El camino se hizo
bastante difícil debido a que el humo de la cocina quemándose les afectó la
respiración. Dimitri todavía seguía agarrando la mano de Katia. Se podía presenciar la rabia que era emanada por aquel joven ruso al querer
regresar a la cocina y salvar al pequeño niño. Katia solo lo empujaba para que subiera
las escaleras.
Cuando de repente empiezan a escucharse un fuerte oleaje
en el exterior, acompañadas por unos gritos provenientes de los pisos
inferiores. Dimitri no duro mucho tiempo en percatarse de que esa voz era
similar a la del extraño niño de la cocina. Katia, para calmarlo le dice al
joven ruso: -Debemos continuar-.
Siguieron subiendo
las escaleras, y para su suerte, se encontraron con la estación de mando del barco. Al entrar, Dimitri
utilizó su linterna y alumbró la mesa donde se encontraban los instrumentos de
navegación. –Ninguno funciona- Enfatizó el joven. Katia lo llamó al otro lado
de la cabina de mando. –Dimitri, debes ver esto-. Una gran ventana daba vista a
la proa del barco. –Allí está nuestra salvación-. Un bote auxiliar se
balanceaba mientras el fuerte oleaje crecía. –No está muy lejos. Tenemos que
salir de aquí-
Dimitri rompió la
ventana dándole un fuerte golpe con la linterna. –Hay que atravesar el barco
por fuera. Agárrate de las barandas-. Katia llegó de primera. y le aseguró a
Dimitri que no debía temer nada. Las olas era cada vez más fuertes.
Dimitri repitió el
procedimiento de su compañera y logró también llegar a la embarcación auxiliar.
Al llegar de último, debió soltar las amarras, liberando así el bote de
salvamento.
El bote cayó al
agua y causó una gran salpicadura. Las grandes olas, debido a la marea,
indicaron que era una gran tormenta. Una gran ola se acercó y volteó su bote…
Ahora todo estaba
muy brillante. La luz del sol traspasaba la ventana de una habitación muy
clara. Dimitri abrió sus ojos, lo primero que observo fue un techo marrón. Se
encontraba acostado de nuevo en una cama. - ¿Qué ha pasado aquí?- se
preguntaba.
Volteó a su derecha y observo una pequeña mesita de noche
donde estaban sus indispensables lentes; se los colocó. Tenía puesto una bata
de hospital, y se encontraba esposado a su cama. Un gran letrero sobresalía a
su visión. Decía “Pabellón de Psiquiatría."
Las cortinas de la habitación del hospital se corrieron y
se abrieron completamente. Una enfermera entraba, completamente vestida de
blanca y con una bandeja. –Es hora de su medicina, señor Dimitri-.
“Esquizofrenia”, así rezaba la etiqueta bordada a la bata de Dimitri.
Juan Rodríguez